El Centro de Arte Molino Machmar (CAMM) de Puerto Varas cumple una década desde su apertura al público, consolidándose como un referente cultural a nivel nacional. La historia del espacio, sin embargo, comenzó mucho antes: nueve años antes de su inauguración el 16 de octubre de 2016, un grupo de agentes culturales locales imaginaba transformar un edificio patrimonial abandonado en un centro interdisciplinario que acercara el arte, la ciencia y la cultura a la comunidad.
Hoy el CAMM opera con un equipo estable de 12 personas y una programación permanente que abarca artes visuales, artes escénicas, literatura, ciencia y formación. Su misión central es democratizar la cultura mediante mediación con escuelas rurales, organizaciones sociales, exposiciones gratuitas y rescate patrimonial. El edificio que lo alberga es en sí mismo parte de esa herencia: una estructura de madera típica de la arquitectura alemana tradicional de la zona, construida en la primera mitad del siglo XX por Humberto Machmar, quien la operó como molino de harina durante cerca de cuatro décadas.
Tras quedar en desuso, el inmueble fue adquirido por la familia Wellman y posteriormente declarado de interés arquitectónico por el Consejo de Monumentos Nacionales, integrándose a la Zona Típica de Puerto Varas. Esta protección legal resguarda su conservación y evita alteraciones drásticas en su diseño.
El proyecto implicó una inversión de aproximadamente 1.600 millones de pesos. El edificio cuenta con 1.200 metros cuadrados distribuidos en cinco niveles y seis áreas de programación permanentes. Entre sus espacios destaca la Sala CAMM, un auditorio con 82 butacas equipado con escenario profesional, proyector de cine, iluminación, sonido y acceso universal, destinado a eventos audiovisuales, seminarios, conferencias y lanzamientos. Complementan la infraestructura tres salas de exposiciones: la Sala Artes Visuales, la Sala Vulcanología y la Sala Molino.
La gestación del proyecto
Amparo Allende, presidenta del directorio del CAMM y una de sus fundadoras, llegó a Puerto Varas en 1991 con la ambición de rehabilitar un espacio público para convertirlo en centro cultural. Años después se vinculó con Beatriz Huidobro, María Angélica Lapostol y otros referentes artísticos locales para trabajar en la idea. Sus primeros objetivos fueron el ex Gran Hotel Puerto Varas y un ex consultorio abandonados en calle Klenner, pero el Estado no acogió esas propuestas.
En 2007 la iniciativa comenzó a estructurarse formalmente con la llegada del arquitecto Rodrigo Pezzuto, quien compartía la visión de crear un espacio cultural en el centro de Puerto Varas. El grupo, que también incluía a José Medina, conformó una corporación comunitaria para postular y conseguir un espacio físico. Tras evaluar distintos terrenos y recibir una negativa inicial de la familia Wellman por otra propiedad, los promotores descubrieron el molino abandonado. Al visitarlo, confirmaron que era el lugar perfecto, especialmente porque la familia Wellman mostró compromiso con la iniciativa y ofreció ceder el espacio mediante usufructo para restaurarlo.
Según Allende, la recaudación de fondos tomó nueve años, desde 2007 hasta 2016, año en que finalmente pudieron abrir sus puertas al público.
El modelo financiero
Una pregunta recurrente sobre el CAMM se refiere a su sustento económico, particularmente porque opera en un diálogo constante entre los sectores público y privado. Valentina Schindler, directora ejecutiva del centro, señala que existe confusión sobre sus fuentes de financiamiento. "Hay mucha gente que asume que somos apoyados por la municipalidad, otros asumen que somos un espacio privado con una gran corporación de fondo, y también hay personas que asumen que el Gobierno Regional nos sigue financiando de manera directa. Pero desde el día en que el CAMM abrió sus puertas no ha recibido nunca financiamiento directo de ningún organismo público", explica.
Actualmente el CAMM opera bajo un esquema financiero con tres fuentes principales de ingreso. Los fondos públicos concursables representan el principal sustento económico. El hito más significativo fue la incorporación, a partir de la pandemia, al Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras (PAOCC) del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, que financia los gastos fijos y de funcionamiento de la organización. Adicionalmente, año a año el centro participa en otros concursos públicos para financiar sus actividades.

